Fallecimiento de José Bengoa, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales

Se desempeñó como Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. “Su partida deja un vacío irreparable en nuestra comunidad y en el pensamiento social latinoamericano” se dijo desde esa…

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Editorial
Columnista
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Se desempeñó como Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. “Su partida deja un vacío irreparable en nuestra comunidad y en el pensamiento social latinoamericano” se dijo desde esa casa de estudios.

“El Siglo”. Santiago. 24/3/2026. Este día se comunicó el sensible fallecimiento del historiador y profesor, José Bengoa Cabello, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales y ex Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (UAHC).

El siguiente es el comunicado emitido por dicha casa de estudios ante la muerte de Bengoa Cabello:

“Con profundo dolor comunicamos el fallecimiento de nuestro querido profesor José Bengoa Cabello, ocurrido este lunes 23 de marzo de 2026, rodeado del amor de su familia. Su partida deja un vacío irreparable en nuestra comunidad y en el pensamiento social latinoamericano.

José Bengoa nació en Valparaíso el 19 de enero de 1945 y dedicó su vida a escuchar las voces de quienes el mundo había ignorado. Su existencia estuvo profundamente entrelazada con la historia de esta universidad, que él contribuyó a fundar y a dar forma. El inmenso cariño de nuestra comunidad, junto a las sabias palabras de sus amigos mapuches -a quienes dedicó el Premio Nacional-, lo acompañan en este último viaje.

Alguien dijo una vez, al despedir a un maestro, que con su muerte uno queda, intelectualmente, completamente desnudo. Cuántas más razones tenemos nosotros para decirlo hoy, los que todavía intentamos pensar desde el sur, con la memoria campesina y la voz indígena aún resonando en los territorios que Bengoa habitó. Porque si algo nos enseñó es que pensar no es otra cosa que aprender a escuchar. Y ahora, con él, la escucha se vuelve más difícil. Pero también, tal vez, más urgente.

Honraremos su memoria manteniendo vivo ese compromiso con las nuevas generaciones”.

Se indicó que José Bengoa fue historiador y antropólogo de vocación, y que “su obra abarca cinco décadas de producción intelectual rigurosa, sostenida por un compromiso indeclinable con los derechos humanos y por una capacidad excepcional para formar y acompañar a nuevas generaciones de investigadores e investigadoras”.

“Su vínculo con nuestra universidad fue fundacional: estuvo entre quienes dieron origen a la Academia de Humanismo Cristiano y ejerció como Rector en dos periodos: 1997-2001 y 2013.2016” se señaló.

En el comunicado de la UAHC se hizo ver que el legado de Bengoa “trasciende las fronteras disciplinares. Encabezó y participó en comisiones que sentaron bases para políticas públicas chilenas en materia indígena y campesina, y supo unir siempre la investigación rigurosa con el trabajo en terreno. Participó en procesos de paz en contextos de conflicto étnico-político, desplegando su labor en misiones que abarcaron África, Europa, América Latina y el Ártico. En cada uno de esos escenarios, fue un puente entre la academia y la acción, entre el conocimiento y la justicia”.

El Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales reconoció lo que su comunidad ya sabía: que José Bengoa había transformado el modo en que Chile comprende su propia historia. Postulado con el respaldo de premios nacionales, académicos internacionales y autoridades universitarias, su candidatura se sustentó en cinco décadas de aporte excepcional a las ciencias sociales y en su rol insobornable como defensor de los derechos indígenas y campesinos.

Mensaje desde Le Monde Diplomatique Chile

“José Bengoa Cabello, antropólogo e historiador, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2025, exrector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, amigo y colaborador de Le Monde Diplomatique, falleció en su casa de Ñuñoa a los 81 años. Nuestras sentidas condolencias a su esposa Ximena Valdés, a sus hijos Ana y Simón, y a todos susfamiliares y amigos”.

El diálogo inacabado con la tierra y la memoria. Obituario de José Bengoa

Álvaro Ramis. Rector de la UAHC. Con la muerte de José Bengoa, se dice ahora desde todos los frentes culturales, termina una época. Pero según quién hable, lo que se despide es
algo muy distinto. Quienes nunca vieron en él más que a un antropólogo
perturbador, demasiado comprometido con las causas indígenas y campesinas,
lamentan ahora la desaparición del último gran intelectual orgánico, como
si con él se extinguiera para siempre la figura del pensador enraizado en
la realidad. Otros, en cambio, creen que su muerte señala el fin de una
cierta manera de hacer historia, aquella que se atrevía a poner en el
centro a los vencidos, a los sin tierra, a los que la historiografía
oficial había condenado al silencio. Los comentaristas políticos, por su
parte, intuyen con alivio que su fallecimiento cierra un ciclo inquietante,
aquel en que la academia y la militancia podían habitar un mismo cuerpo sin
que ello pareciera escandaloso. Un hecho brutal, la muerte, y tantas
invocaciones oportunistas de un fin de época que en realidad encubren lo
único verdaderamente en juego: con José Bengoa desaparece el más radical de
los intelectuales chilenos del último medio siglo, pero lo que se pone en
riesgo no es el prestigio de la antropología nacional ni la memoria de la
reforma agraria, sino la continuidad de un cierto modo de escuchar: aquel
que aprendió a hacer hablar a los que habían sido condenados al mutismo.

Fue el propio mundo mapuche, con sus loncos y sus comunidades, el que muy
temprano reconoció en Bengoa a un heredero de su propia memoria. No porque
él hubiera nacido en esas tierras ni porque llevara su sangre, sino porque
supo convertir la escucha en método y la escritura en restitución. A
diferencia de los etnógrafos que llegaban con las categorías ya puestas,
Bengoa se formó en las tradiciones de la historia social y la filosofía de
la liberación, pero fue aquel encuentro con los sobrevivientes del despojo
lo que le reveló la tarea de su vida: hacer de la academia un lugar desde
donde se pudiera devolver la palabra a los que habían sido desposeídos
también de su pasado. Como los dirigentes mapuche vieron en este joven
antropólogo, llegado de Valparaíso, a alguien que no se limitaría a hablar
sobre ellos, sino que aprendería a hablar con ellos, en una lengua que no
era la del puro saber sino la de la obligación ética.

La tensión que atraviesa toda la obra de Bengoa es, en el fondo, la misma
que animó el pensamiento de los grandes críticos de la modernidad: ¿cómo
conciliar la exigencia de rigor científico con la urgencia de la
transformación política? ¿cómo pensar la historia sin caer en la tentación
de convertir a los oprimidos en meros objetos, pero también sin reducirlos
a una esencialidad que los congele en un pasado inmóvil? Bengoa encontró su
respuesta en un doble movimiento que nunca dejó de tensarlo: de un lado, la
herencia de la historiografía social francesa y del marxismo crítico, que
le enseñaron a ver estructuras, clases, largas duraciones; del otro, la
escucha etnográfica, la inmersión en las comunidades, la apuesta por una
antropología que no podía renunciar a la palabra del otro sin traicionarse
a sí misma. Esta tensión entre la estructura y el acontecimiento, entre la
ley histórica y la voz singular, le dio a su escritura esa cualidad tan
característica: la de una erudición que nunca se desentiende del
sufrimiento concreto.

En Historia del pueblo mapuche, publicada en 1985 en plena dictadura, logró
un primer equilibrio magistral. Allí, por primera vez, la historia de Chile
dejaba de ser narrada desde los centros de poder para ser reconstruida
desde los márgenes de la resistencia. El libro era, a la vez, una obra de
historia social rigurosa y un acto de justicia simbólica. Bengoa mostraba
allí cómo la modernidad chilena se había edificado sobre la exclusión
sistemática de aquellos que, sin embargo, habían sido protagonistas
centrales de su territorio. Pero si en aquella obra inaugural el péndulo se
inclinaba aún hacia la recuperación de la agencia histórica, en los años
siguientes, con Historia social de la agricultura chilena (1991) y sobre
todo con La emergencia indígena en América Latina (2000), Bengoa acentuó el
otro polo: la necesidad de comprender los límites estructurales que
cualquier acción emancipatoria debía enfrentar. Fue entonces cuando la
herencia de la crítica marxista, tamizada por el giro cultural, le permitió
mostrar cómo el capitalismo había transformado las relaciones campesinas y
cómo los movimientos indígenas no eran un mero resabio del pasado sino una
respuesta moderna a la colonialidad del presente.

Pero el verdadero viraje, el que marcaría su madurez, se produjo en la
última década de su vida. Bengoa emprendió un retorno a las formas
narrativas más directas, casi orales, en sus Crónicas de la Araucanía
(2019) y luego en las Crónicas Amerindias (2024). Allí, la tensión entre
estructura y voz se resolvía de un modo nuevo: no a través de la teoría
sino de la crónica, no mediante el concepto sino mediante la escena. Como
si hubiera llegado a la convicción de que el diálogo con los suyos —los
campesinos, los mapuche, los pobres del sur— exigía finalmente despojarse
de las mediaciones académicas para entregarse a la forma más antigua del
saber: el relato. En esa última fase, Bengoa parecía decirnos que toda la
teoría había sido apenas un preludio para aprender a contar bien una
historia, para que quienes la habían vivido pudieran reconocerse en ella
sin la vergüenza de verse traducidos por otro.

Fue también en esos años cuando profundizo su relación con la Escuela
Campesina de Curaco de Vélez, en Chiloé, como si la jubilación le hubiera
devuelto la necesidad de estar en el territorio, de compartir la mesa y la
palabra con quienes nunca habían pisado una universidad. Allí, lejos de los
reflectores, completó su obra más íntima: la de la formación de nuevas
generaciones de campesinos que aprendían a contar su propia historia. Pero
mucho antes, Bengoa había dado esa lucha como rector de la Universidad
Academia de Humanismo Cristiano, una institución que encarna justamente
aquella apuesta por un saber situado, comprometido con los sectores
populares y abierto a las ciencias sociales críticas. En nuestra casa de
estudios no solo formó a decenas de antropólogos que hoy trabajan en
territorios indígenas, sino que construyó un espacio donde la universidad
dejaba de ser un enclave para convertirse en un puente: entre el saber
académico y la memoria popular, entre la teoría y la práctica de la
liberación.

Quienes lo conocieron saben que Bengoa mantuvo hasta el final un diálogo
inacabado con dos interlocutores ausentes: por un lado, con los loncos que
lo habían iniciado en el conocimiento de la historia mapuche; por otro, con
la figura del historiador Mario Góngora, a quien admiró y combatió al mismo
tiempo, porque representaba la tentación de una historia nacional sin
fisuras, sin los rostros concretos de los vencidos. Ese diálogo con el
maestro adversario fue el motor secreto de su obra: la necesidad de mostrar
que la historia de Chile no podía escribirse sin incluir el despojo como
hilo central, pero también sin caer en la épica de la victimización. Su
apuesta fue más difícil: mostrar que los pueblos originarios y campesinos
habían sido, pese a todo, sujetos de su propia historia.

La tragedia intelectual de su muerte es que ese diálogo queda ahora trunco.
En sus últimos años, Bengoa había vuelto a preguntarse por el lugar del
campesinado en el Chile actual, por la relación entre autonomía indígena y
proyecto nacional, por la necesidad de una nueva reforma agraria que esta
vez partiera de la memoria y no solo de la economía. Eran preguntas que nos
había dejado como tarea. Con él se va, ciertamente, una forma de entender
la intelectualidad: no como el sacerdocio de las ideas puras, sino como el
oficio de poner el saber al servicio de quienes nunca han tenido voz. Pero
lo que realmente peligra con su muerte es la continuidad de ese gesto, tan
frágil y tan necesario, que consiste en creer que la universidad puede
estar a la altura de la tierra, que la teoría puede hacerse cargo del dolor
sin traicionarlo, que la historia puede ser escrita, por fin, como una
deuda.

Alguien dijo una vez, al despedir a un maestro, que con su muerte uno
queda, intelectualmente, completamente desnudo. Cuántas más razones tenemos
nosotros para decirlo hoy, los que todavía intentamos pensar desde el sur,
con la memoria campesina y la voz indígena aún resonando en los territorios
que Bengoa habitó. Porque si algo nos enseñó es que pensar no es otra cosa
que aprender a escuchar. Y ahora, con él, la escucha se vuelve más difícil.
Pero también, tal vez, más urgente.

 

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